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Los primeros antecedentes de la terapia asistida por animales aparecen en la cultura griega donde ya se comenzaba a hablar de los beneficios que aportaban los animales a las personas. Durante los siglos XVIII y XIX, en Alemania y en EEUU comienzan a introducirse animales en centros de pacientes con epilepsia, así como, en el trabajo con personas con enfermedad mental y rehabilitación de aviadores del ejercito. Pero no fue hasta 1953 cuando el psiquiatra infantil Boris Levinson acuñó el término Terapia Asistida por Animales. Boris Levinson observó el efecto positivo de la presencia de su perro Jingles en las terapias que llevaba a cabo con niños y niñas que habían sufrido abusos. A partir de ahí puso de manifiesto los beneficios de introducir un animal de compañía en el proceso terapéutico.

En la actualidad y ya centrándonos en los perros como coterapeutas, la Delta Society, organización que se dedica a la investigación en este campo, define la terapia asistida por perros (TAP), como la intervención dirigida hacia un objetivo, en el cual el encuentro con el animal es la parte integral del proceso de tratamiento; es dirigida por un profesional de la salud desde el marco de su profesión. Se diseña, fundamentalmente, para promover mejoras en las áreas física, emocional, y social, y en lo que respecta al funcionamiento cognitivo de las personas. Puede llevarse a cabo desde una amplia variedad de encuadres y puede realizarse de manera individual o grupal. Todo el proceso del tratamiento se evaluará y se documentará. (Delta Society, 2000).

Como se puede ver en la definición, para llevar a cabo una Terapia Asistida con Perros es necesario el planteamiento de unos objetivos, una evaluación, la presencia de un equipo humano donde debe de haber un profesional social o sanitario y, por supuesto, de un perro preparado para realizar este trabajo.

El tipo de perros que pueden trabajar en intervenciones asistidas es muy variado, las características que deben tener son: un carácter sociable, un entrenamiento en positivo y un buen trabajo de socialización y habituación a diferentes personas y objetos con los que trabajarán más adelante. Como se puede ver, la raza del perro no es determinante en este caso, siendo los mestizos ejemplares muy aceptables como coterapeutas.

Pero, ¿qué es lo que nos aportan nuestros amigos los perros para ser tan importantes en estas intervenciones? Los perros adoptan una actitud afectiva y de gran apego hacia el ser humano, sin hacer juicios de valor, lo que contribuye a aumentar nuestra autoestima. Acariciar a un perro regula los valores de tensión arterial, frecuencia de respiración y latidos cardíacos, lo que reduce el estrés. También, fomentan la amistad entre los dueños, favoreciendo el apoyo social y facilitan la gestión y expresión de emocional, entre otros.

Por otro lado, el tipo de colectivos que pueden beneficiarse de las Intervenciones Asistidas por Perros también es muy amplio. Esta bastante extendido el trabajo de perros coterapeutas en programas con tercera edad y personas con discapacidad donde nuestros mejores amigos hacen muy buen trabajo. Además cada vez vamos viendo como este tipo de terapias se tienen más en cuenta en otros colectivos entre ellos, menores en exclusión, personas con enfermedad mental, pacientes crónicos/as, personas en proceso de duelo, menores con dificultades para aprender a leer, e incluso pueden contribuir a favorecer el crecimiento personal a cualquier edad.

Los perros hacen que las personas nos sintamos más seguras y queridas, lo que es muy importante para establecer un buen vínculo y alianza terapéutica con la persona que dirige la terapia y conseguir los mejores resultados posibles en el tratamiento.

Por último, no debemos olvidar que estos perros son compañeros de trabajo, no instrumentos de trabajo. Por ello, es impresionable tener en cuenta su salud física y emocional, ya que, sólo un perro equilibrado y feliz puede ayudar a una persona a serlo.

El ser humano debe permanecer en contacto con la naturaleza a lo largo de toda su vida para poder mantener una buena salud mental.

Boris Levinson.

Verónica Soler Rodríguez

Psicóloga Centro de Psicología Kibel

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